Cuentos Breves:Daniel Ruiz
Cuentos breves, historias breves
La hora de las Serpientes
Serpientes, serpentinas por doquier, enormes a rolletes como en danza amatoria. Las observo en el techo de mi casa, que no es mi casa, alineadas como una techumbre de bambú. El temor me sopla al oído una canción macabra como el siseo constreñido de notas debajo de mi cama, que no es mi cama. Me lleno de valor y le inyecto veneno en la barriga. A Una por una le traspaso con la aguja hipodérmica el cuero blando, flexible y no reaccionan. Se quedan quietas como mi silencio en la almohada. Observo desde mi ventana, que no es mi ventana, una serpiente gigante paralizando con su toxina a un hombre que entra fácilmente en su boca.
Estoy en la sala de la casa de mi madre y allí esta una serpiente en un rincón. No me acerco. El temor me paraliza Teresa la toma por la cabeza con su mano izquierda y con la derecha le templa una cresta que tiene en la mandíbula superior. Esta enojada abre su boca y asoma su lengua bífida. Entro a un baño con mi amigo Luis cerca de la puerta está una pitón de regular tamaño. El la toma por la cabeza y ella lo muerde, el me pide con un gesto de dolor que busque un cuchillo o algo para cortarle la cabeza. Consigo un destornillador y se lo doy. El la calva el destornillador en la cabeza. Me acerco y observo en el interior del sanitario de al lado, a una mujer contoneándose convirtiéndose en serpiente. Le grito a mi amigo que se apure que al lado se está una mujer convirtiéndose en culebra. Mi amigo ya no es él, es una mujer que no conozco. El destornillador se ha convertido en una semicircunferencia de hierro con las puntas filosas. La mujer que era mi amigo observa a la otra mujer. Yo le digo agitado que la mate y ella no lo hace. La mira, le balbucea una palabra y salimos del baño.
La Anciana
La anciana lo observa entrar a su cuarto, un poco tambaleante. Ella lo mira silenciosa, lo escruta. José se mantiene a cierta distancia del lecho. No quiere que le pegue el olor a ron. Hace un leve saludo con la mano y se sienta en una silla. Ella sigue sus movimientos con inusitada curiosidad. Poco a poco transcurren las horas-son aproximadamente las doce de la noche-José siente que el tiempo pasa lentamente y el sueño comienza apoderarse de él. Ella lo mira fijamente observando la titánica lucha que el mantiene para no dormirse. A veces se estruja los ojos con las manos y bosteza. La anciana lo sigue observando. Mientras José sigue cabeceando por el sueño. Por fin se rinde en los brazos de Morfeo. Ella otea el cuarto pereciera que buscará algo. Con sus manos se agarra de la baranda de la cama y comienza a bajarse con cuidado ya que no puede caminar. Por fin logra bajarse y se va arrastrando por el suelo frío de la habitación. Mientras lo mira, escucha los fuertes ronquidos. Toma un cable de extensión lo dobla y se enrolla un extremo en su mano quedando libre la otra punta. Se acerca reptando a donde yace José durmiendo a placer, sentado en la silla con los brazos y la cabeza recostada de una pequeña mesa. La anciana saca fuerzas y le asesta un latigazo con el cable por la espalda y le grita. ¡Aquí no se viene a dormir ño carajo!.
La Bolsa Negra
A él no le gustaban las bolsas de 20 kilos eran muy pequeñas, prefería las de 30 kg. Por razones meramente de espacio. Tenían mayor capacidad, en ella podrían entrar zapatos, camisas, pantalones, ropa interior, medias y algunos libros de poesía que solía leer. No se detenía en ordenar los objetos, simplemente los introducía en la bolsa, se la echaba al hombre y se lanzaba a las calles con rumbo conocido. Al principio dejaba verse la bolsa, después la escondía debajo de la cama-entraba por tras corral-. No quería escuchar de nuevo esa frase que lo avergonzaba.¡Otra Vez!.
Daniel Ruiz



